Desde siempre, la historia se ha interesado por imaginar cómo habría sido la manifestación primigenia de la arquitectura. Esta búsqueda frecuentemente se centró en la idea de protección para las personas y se resumió en la acción física de "cubrir" un espacio. Desde hace algunas décadas, otros ingredientes menos físicos han venido a dar carta de naturaleza arquitectónica a otras acciones como calentar, iluminar, acumular información o convocar a las personas.
Queremos construir un sencillo manifiesto de arquitectura contemporánea. Los árboles que allí nos reciben son ya parte del proyecto. También lo será el plano del suelo
una vez limpio de todo accidente para convertirlo en el soporte neutro que recibirá la actividad cotidiana. Lo pavimentaremos de un solo material pero en diferentes colores y texturas. Algunas de sus piezas emergen de su plano liberándose para sugerir la acción de sentarse, tumbarse, reunirse o conectarse simulando una serie de bancos, mesas o altares urbanos.
Sólo nos queda conquistar el aire y lo hacemos mediante la construcción de una gran pieza ingrávida que ilumina, calienta, informa, emite sonidos y olores programados o facilita conexión wi-fi a los transeúntes mientras describe un trazado lineal que dibuja el contorno invisible del espacio liberado por los árboles. Tres postes permiten colgarla a la altura de las copas de los árboles. Durante el día, el protagonismo es para el suelo. Por la noche, surge la luz sin percibirse de dónde cuelga la lámpara y se oscurece el suelo.
Ambas acciones son independientes en geometría y espíritu: pavimentar y equipar energéticamente son las nuevas acciones en las que se convierte la construcción de la cabaña contemporánea. El sueño de un Laugier transpuesto al siglo XXI visita una ciudad histórica en transformación. Pasado, presente y futuro se dan cita en un punto clave para las recientes conquistas democráticas del país.